Digitalizamos historias clínicas, recetas, estudios y órdenes médicas, pero buena parte de esa información continúa distribuida entre sistemas que no se comunican. La próxima transformación de la medicina digital no consistirá simplemente en producir más datos, sino en conseguir que puedan acompañar al paciente, integrarse y convertirse nuevamente en conocimiento clínico.
La historia clínica electrónica fue concebida como una herramienta para simplificar la atención médica. Permitió abandonar buena parte del papel, acceder con mayor rapidez a estudios previos, conservar antecedentes durante años y reducir algunos de los problemas clásicos de las historias manuscritas. Sin embargo, la digitalización también produjo un efecto menos esperado: muchas veces no eliminó la burocracia, sino que la trasladó a la pantalla.
Cuando la burocracia también se vuelve digital
En Argentina, como ocurre en buena parte de Hispanoamérica, un profesional puede utilizar una plataforma para registrar la consulta, otra para solicitar estudios, diferentes sistemas para prescribir o validar medicamentos y portales independientes para consultar laboratorios, imágenes o autorizaciones. En tratamientos complejos pueden agregarse formularios de auditoría y sistemas específicos de los distintos financiadores, de modo que una misma información termina cargándose varias veces en entornos que no se comunican entre sí.
La receta electrónica es un buen ejemplo. Desde enero de 2025 constituye la modalidad general vigente para la prescripción de medicamentos en Argentina, con las excepciones previstas por la normativa, y las plataformas deben estar registradas ante el sistema nacional correspondiente. La regulación también procura que exista interoperabilidad entre prescriptores, repositorios, validadores y farmacias, pero que una prescripción sea electrónica no significa necesariamente que todo el proceso ocurra dentro del mismo entorno informático.
Cada plataforma puede funcionar correctamente por separado. El problema aparece cuando los sistemas no conocen lo que ocurrió en los demás, porque entonces el médico debe reconstruir información que ya existe, el paciente debe volver a trasladar documentos y la digitalización termina replicando la misma fragmentación del papel, solo que en distintas pantallas.
Digitalizar no es lo mismo que integrar
Una historia clínica electrónica cumple bastante bien una función básica: registrar lo ocurrido dentro de una institución. Conserva consultas, diagnósticos, tratamientos, resultados de laboratorio, procedimientos e informes, y permite que esa información permanezca disponible durante años. Sin embargo, almacenar información no significa necesariamente que esa información pueda utilizarse con facilidad.
Cuando un paciente acumula años de seguimiento, la historia puede contener cientos de documentos. Saber cuándo apareció por primera vez determinada lesión, por qué se suspendió un medicamento o cómo evolucionó un parámetro de laboratorio puede exigir revisar numerosos registros. La información está allí, pero no necesariamente organizada de una manera que permita comprender rápidamente lo ocurrido.
A esto se suma otro fenómeno propio de los sistemas electrónicos: la facilidad para copiar y reutilizar información. Un antecedente registrado una vez puede repetirse durante años; una lista de diagnósticos puede conservar enfermedades ya resueltas; un medicamento suspendido puede continuar apareciendo y una evolución puede reproducir párrafos completos de consultas anteriores. Se genera así una especie de inflación documental en la que la historia crece, pero no necesariamente mejora.
El desafío de la próxima generación de sistemas no será almacenar cada vez más datos, sino jerarquizarlos, relacionarlos y presentarlos de una manera clínicamente útil.
El verdadero problema es la fragmentación
En sistemas sanitarios como el nuestro, la dificultad no reside solamente en informatizar hospitales, consultorios y financiadores. El desafío es conseguir que esas plataformas puedan comunicarse y que la información pueda reutilizarse sin tener que ser reconstruida en cada punto del recorrido asistencial.
El paciente sigue trasladando informes impresos, archivos PDF, CDs, fotografías en el teléfono o carpetas con estudios realizados en diferentes lugares, mientras el médico puede verse obligado a ingresar nuevamente información que ya fue registrada en otro sistema. Los datos existen, pero muchas veces permanecen encerrados dentro de plataformas aisladas.
Por eso la verdadera transformación digital de la medicina no consiste simplemente en reemplazar formularios de papel por formularios electrónicos. Consiste en conseguir que la información pueda acompañar al paciente y ser interpretada allí donde resulte necesaria.
En Argentina ese objetivo ya forma parte del marco normativo. La Ley 27.706 creó el Programa Federal Único de Informatización y Digitalización de las Historias Clínicas y establece la construcción progresiva de un marco de interoperabilidad entre los sistemas públicos, privados y de la seguridad social. La implementación real es, naturalmente, mucho más difícil que escribir una ley, pero el objetivo está claramente definido.
La historia clínica debería poder reconstruir una historia
Pensemos en una situación frecuente. Un paciente consulta por primera vez en un servicio de oncología y tiene ocho años de antecedentes, varias cirugías, tratamientos realizados en diferentes instituciones, anatomías patológicas, estudios por imágenes y decenas de análisis. Para comprender qué ocurrió, alguien debe reconstruir esa cronología.
Una historia clínica más avanzada debería poder identificar los acontecimientos principales y organizarlos de manera comprensible: diagnóstico inicial, cirugía, anatomía patológica, tratamiento, período de seguimiento, aparición de una nueva lesión, biopsia de recaída y comienzo de una nueva línea terapéutica. No se trata simplemente de resumir documentos, porque el sistema necesita reconocer fechas, interpretar lenguaje médico, relacionar resultados y comprender que informes redactados de maneras diferentes pueden referirse al mismo proceso clínico.
Hasta hace pocos años, automatizar algo semejante era extremadamente difícil. Los grandes modelos de lenguaje modificaron considerablemente ese escenario porque permiten procesar grandes volúmenes de texto clínico, identificar relaciones y producir síntesis que antes requerían una revisión manual prolongada.
Una aplicación de la IA menos espectacular, pero probablemente más útil
Gran parte de la conversación pública sobre inteligencia artificial médica gira alrededor de una pregunta llamativa: si una IA puede diagnosticar mejor que un médico. Quizá no sea la pregunta más importante para la práctica cotidiana.
Una cuestión mucho más inmediata sería evaluar si puede ayudar a que un profesional no tenga que leer cien páginas para comprender qué ocurrió con su paciente. Una IA correctamente integrada a la historia clínica podría ordenar acontecimientos, resumir antecedentes, identificar tendencias en resultados de laboratorio, localizar información relevante dentro de documentos extensos y preparar una síntesis antes de la consulta.
También comienzan a utilizarse sistemas de documentación ambiental capaces de escuchar, con las autorizaciones correspondientes, la conversación entre médico y paciente y producir un borrador de la evolución. Estudios publicados en JAMA Network Open durante 2024 y 2025 encontraron asociaciones entre estas herramientas y una reducción de la carga percibida de documentación, aunque los diseños disponibles todavía tienen limitaciones y no permiten asumir que los resultados sean universales.
En este modelo, la IA no reemplaza la decisión clínica. Su función es reducir parte del trabajo mecánico necesario para reunir, organizar y documentar información que ya existe, lo que puede resultar mucho más relevante para la práctica cotidiana que intentar convertirla en un sustituto del razonamiento médico.
Para que eso funcione, los sistemas tienen que hablar el mismo idioma
Una inteligencia artificial puede ser extraordinariamente sofisticada, pero si solo conoce una fracción de la historia del paciente seguirá trabajando con una visión incompleta. Por eso la interoperabilidad es una condición previa para cualquier sistema que aspire a integrar información clínica de manera útil.
Interoperabilidad significa algo más que enviar un PDF entre dos computadoras. Implica que distintos sistemas puedan intercambiar información y comprenderla utilizando estructuras y significados comunes. Si un laboratorio informa una creatinina de 1,8 mg/dL, el sistema receptor debería ser capaz de reconocer que se trata de una determinación de creatinina, identificar la fecha, la unidad de medida y el paciente al que corresponde, en lugar de recibir únicamente un documento que un profesional tendrá que volver a interpretar manualmente.
Para conseguirlo hacen falta estándares capaces de representar la información de una manera predecible y compartida entre plataformas diferentes.
FHIR: un idioma común para los datos médicos
Uno de los estándares más importantes actualmente es FHIR, sigla de Fast Healthcare Interoperability Resources. FHIR es desarrollado por Health Level Seven International —HL7—, una organización internacional sin fines de lucro dedicada a crear y mantener estándares para el intercambio electrónico de información sanitaria.
HL7 no es una empresa de software ni una historia clínica comercial. Su función es definir reglas que puedan utilizar hospitales, gobiernos, desarrolladores y distintos proveedores tecnológicos, de modo que sistemas construidos por organizaciones diferentes puedan intercambiar información de manera coherente. El nombre Health Level Seven hace referencia históricamente a la capa de aplicaciones del modelo OSI de comunicaciones.
FHIR es la generación más moderna de estos estándares. En lugar de tratar toda la historia como un gran documento cerrado, representa la información mediante componentes denominados recursos, que pueden corresponder a pacientes, observaciones, medicamentos, procedimientos, diagnósticos y muchas otras entidades clínicas y administrativas.
La idea es relativamente sencilla. Un laboratorio no debería necesitar inventar una integración completamente distinta para cada hospital, ni un hospital debería depender exclusivamente de una determinada empresa para conectar su historia clínica con otras aplicaciones. Si diferentes sistemas utilizan estructuras compatibles, la información puede circular con mucha mayor facilidad.
FHIR no resuelve por sí mismo la interoperabilidad, porque también hacen falta terminologías clínicas comunes, identificación correcta de pacientes, reglas de seguridad y acuerdos entre organizaciones. Sin embargo, proporciona una parte fundamental del lenguaje necesario para que ese intercambio sea posible.
Argentina ya utiliza FHIR
FHIR tampoco es una tecnología exclusivamente estadounidense. La Red Nacional de Salud Digital argentina utiliza servicios web basados en tecnología REST y operaciones especificadas mediante FHIR, mientras que para la representación de conceptos clínicos incorpora SNOMED CT, una terminología internacional que permite codificar diagnósticos, síntomas, procedimientos, medicamentos y otras entidades clínicas.
En junio de 2026, el Ministerio de Salud realizó además el Encuentro Nacional de Salud Digital 2026, que incluyó una conectatón destinada a probar integraciones e intercambio de información clínica entre diferentes sistemas dentro de la Estrategia Nacional de Salud Digital 2025-2030.
Esto no significa que actualmente exista una historia clínica nacional única y completamente interoperable, ni que un médico pueda consultar automáticamente todo lo ocurrido con un paciente en cualquier institución argentina. Significa algo diferente y más realista: la interoperabilidad dejó de ser una idea teórica y ya forma parte de la arquitectura tecnológica y regulatoria hacia la que intenta avanzar el sistema argentino.
La historia pertenece al paciente
La interoperabilidad tiene además una dimensión jurídica. La Ley 26.529 establece expresamente que el paciente es titular de la historia clínica, mientras que las instituciones y profesionales tienen responsabilidades de guarda y custodia. La Ley 27.706 mantiene ese principio para la historia clínica electrónica y reconoce el derecho del paciente a conocer la información contenida en ella.
Esto conduce a una consecuencia lógica: si la información corresponde al paciente, debería existir una manera razonable de que pueda acompañarlo cuando cambia de institución, siempre dentro de las condiciones necesarias de seguridad y confidencialidad. La interoperabilidad no es, por lo tanto, solamente un problema informático, sino que también está relacionada con la continuidad asistencial y con la posibilidad efectiva de ejercer derechos sobre la propia información sanitaria.
La historia debe sobrevivir al programa que la contiene
Existe otra dimensión menos visible: la dependencia tecnológica respecto de un único proveedor, conocida como vendor lock-in. Una institución puede utilizar durante diez o quince años una plataforma determinada y acumular cientos de miles de registros, pero si posteriormente decide cambiar de sistema puede descubrir que trasladar toda esa información resulta extremadamente complejo.
Los estándares abiertos ayudan a reducir ese riesgo porque permiten separar, al menos conceptualmente, los datos de la aplicación concreta que los administra. Una historia clínica debería poder acompañar a una persona durante décadas, mientras que el software utilizado para almacenarla seguramente cambiará varias veces durante ese período.
El papel del software abierto
El código abierto ofrece otra alternativa dentro de este debate. No significa automáticamente que un sistema sea mejor, más seguro o más barato, porque una historia clínica requiere servidores, actualizaciones, copias de seguridad, políticas de seguridad, mantenimiento y personal capacitado independientemente del modelo de licencia.
Sin embargo, una plataforma abierta reduce algunas formas de dependencia absoluta respecto de un único proveedor y permite inspeccionar, modificar e integrar el sistema con mayor libertad. OpenEMR constituye un ejemplo conocido: el proyecto combina funciones de historia clínica y gestión médica y dispone de interfaces para integración, incluida una API basada en FHIR.
Su interés no está en presentarlo como una solución universal ni necesariamente superior a las alternativas comerciales, sino en mostrar que existen diferentes maneras de construir y gobernar una infraestructura clínica. Código abierto no significa infraestructura gratuita, pero sí supone otro modelo posible de control y evolución tecnológica.
¿Cómo podría ser la historia clínica hacia 2030?
Predecir cómo será una historia clínica dentro de cuatro años sería pretencioso, porque no existe una evolución única ni todos los sistemas sanitarios avanzarán a la misma velocidad. Sin embargo, muchas de las piezas necesarias ya existen y permiten imaginar una transformación bastante concreta.
La historia clínica podría dejar progresivamente de presentarse como una larga sucesión de documentos y comenzar a comportarse como una representación longitudinal del paciente. Al abrir el registro de una persona con diabetes, insuficiencia renal y cardiopatía, por ejemplo, el médico podría encontrar una síntesis actualizada de cada problema, la evolución de la función renal, los principales cambios terapéuticos, los últimos estudios relevantes y las decisiones pendientes. Los documentos originales seguirían disponibles, pero ya no sería necesario reconstruir manualmente toda la historia en cada consulta.
La conversación con el paciente también podría integrarse de otra manera. Los sistemas de documentación ambiental actuales ya demuestran que es posible generar borradores a partir del diálogo clínico, y una versión más madura podría relacionar esa conversación con los antecedentes existentes, distinguir qué información es nueva, detectar contradicciones y señalar qué datos requieren confirmación. El médico debería seguir revisando y validando el resultado, pero una menor proporción de la consulta podría quedar dedicada al teclado.
Los resultados de laboratorio podrían presentarse dentro de su evolución histórica y relacionarse con modificaciones terapéuticas. Una nueva tomografía podría quedar vinculada automáticamente con los estudios anteriores relevantes, mientras que la lista de medicamentos podría transformarse en una verdadera historia farmacológica que muestre cuándo comenzó cada tratamiento, cuándo cambió la dosis, por qué se suspendió y qué efectos adversos aparecieron.
En oncología, una arquitectura semejante podría relacionar anatomía patológica, biomarcadores moleculares, tratamientos y evolución de la enfermedad, además de ayudar a detectar potenciales criterios de elegibilidad para ensayos clínicos o advertir que un estudio solicitado nunca se realizó. Los datos generados fuera del hospital, como presión arterial domiciliaria, glucosa o determinados registros de dispositivos personales, también podrían incorporarse cuando aporten información clínicamente relevante.
Ese aumento de información introduce un problema adicional. La historia del futuro no deberá aprender solamente a incorporar datos, sino también a decidir cuáles merecen ocupar la atención del médico, porque un sistema que simplemente agregue nuevas fuentes sin jerarquizarlas podría terminar agravando exactamente el problema que intenta resolver.
¿Y quién escribió cada cosa?
La incorporación de IA plantea otra cuestión importante. Si un sistema resume una resonancia, otro genera un borrador de evolución y un tercero reorganiza antecedentes, meses después debería ser posible distinguir qué fue escrito originalmente por una persona y qué fue generado o modificado mediante inteligencia artificial.
NIST y HL7 trabajan actualmente sobre esta cuestión mediante AI Transparency on FHIR, una guía de implementación que busca representar dentro de FHIR cuándo existió participación de IA. La propuesta contempla desde una marca sencilla que indique esa intervención hasta registros de procedencia más detallados que puedan identificar el sistema utilizado, los participantes humanos y automáticos, las fuentes y otros elementos del proceso.
A octubre de 2026 continúa siendo un proyecto en desarrollo y revisión, no un estándar definitivo. Sin embargo, el principio probablemente resulte cada vez más importante: no alcanza con que una inteligencia artificial produzca un resultado aparentemente correcto, porque también debemos poder saber qué hizo, con qué información trabajó y quién validó el resultado.
Más interoperabilidad también exige más seguridad
Una historia capaz de integrar información procedente de múltiples instituciones resulta mucho más útil, pero también concentra datos extraordinariamente sensibles. Por eso la interoperabilidad no puede significar acceso indiscriminado.
Cuantos más sistemas puedan consultar información clínica, mayor será la importancia de la identidad digital, la autenticación, los permisos, la trazabilidad de los accesos y la posibilidad de auditar quién consultó o modificó determinados datos. El sistema del futuro tendrá que ser simultáneamente más abierto para permitir que la información circule y más estricto respecto de quién puede utilizarla; lejos de ser una contradicción, la seguridad es una condición necesaria para que una interoperabilidad amplia pueda ser aceptable.
La segunda revolución de la historia clínica
La primera revolución de la historia clínica electrónica consistió en reemplazar buena parte del papel por información digital. La segunda debería consistir en conseguir que esa información pueda utilizarse realmente, lo que obligará a resolver cuestiones menos espectaculares que construir una inteligencia artificial superhumana: interoperabilidad, identidad, terminologías comunes, seguridad, portabilidad, trazabilidad y calidad de los datos.
Argentina ya dispone de legislación específica, una Red Nacional de Salud Digital y una arquitectura que utiliza estándares como FHIR y SNOMED CT. Eso no significa que la interoperabilidad esté resuelta; la experiencia cotidiana demuestra cuánto falta todavía para que sistemas diferentes funcionen como partes de una misma infraestructura.
La inteligencia artificial puede acelerar el proceso porque permite interpretar y reorganizar enormes cantidades de lenguaje clínico, pero una IA aplicada sobre sistemas aislados seguirá trabajando con información aislada. Por eso el futuro de la historia clínica probablemente no dependa de una única tecnología revolucionaria, sino de conseguir que varias piezas funcionen juntas.
Durante las últimas décadas convertimos una enorme proporción de la medicina en datos. El desafío de la próxima etapa será conseguir que esos datos vuelvan a convertirse en una historia coherente y que, detrás de ella, podamos volver a ver al paciente.
Bibliografía
- Ley 26.529. Derechos del Paciente en su Relación con los Profesionales e Instituciones de la Salud. República Argentina.
- Ley 27.706. Programa Federal Único de Informatización y Digitalización de Historias Clínicas de la República Argentina. República Argentina.
- Ministerio de Salud de la Nación. Red Nacional de Salud Digital.
- Ministerio de Salud de la Nación. Receta electrónica y Registro Nacional de Plataformas Digitales Sanitarias.
- Health Level Seven International. FHIR — Fast Healthcare Interoperability Resources.
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- You JG, Dbouk RH, Landman A, et al. Ambient Documentation Technology in Clinician Experience of Documentation Burden and Burnout. JAMA Network Open. 2025;8(8):e2528056.
- National Institute of Standards and Technology. HL7 AI Transparency on Fast Healthcare Interoperability Resources (FHIR).
- OpenEMR Project. OpenEMR API / FHIR documentation.


